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que comenzamos a hablar de las fallas, surge la necesidad
de darle un significado a esta palabra, tan usada por los
valencianos pero tan perdida en la noche de los tiempos que
a menudo se ignora su significado. La palabra falla de origen
mozárabe proviene de la palabra Facula en
latín, diminutivo de Fax-Cis que significa
antorcha. Nos recuerdan la devoción del hombre antiguo
por el fuego, en todas las culturas antiguas la presencia
del fuego tuvo que ver con la transición de la noche
al día o de la muerte a la vida, es decir, con la renovación.
La palabra falla ha estado entrelazada a lo largo de la historia
con la palabra foc, con el elemento fuego.
La falla hoy es un conjunto de monumentos artísticos
que se queman, pero en tiempos de Jaume I, de cuando tenemos
los testimonios documentales más antiguos, la palabra
denominaba a las antorchas que iluminaban las tiendas de campaña
o las casas con fines festivos o de comunicación. Más
tarde aquí, en la torre del Micalet se encendía
una hoguera todos los días para servir de guía
a los marineros y para avisar a los habitantes de la ciudad
sobre las novedades o peligros, siguiendo la antigua costumbre
de utilizar la hoguera como medio de comunicación.
Con el tiempo la hoguera dejo de encenderse, pero el sentido
estrictamente lúdico de la palabra falla es posterior,
ese significado de hoguera para quemar figuras que habría
que permanecer hasta nuestros días aparece por primera
vez en algunos documentos del siglo XVIII para mencionar las
piras que los vecinos encendían quemando esa especie
de maniquíes junto a los trastos viejos, los maniquíes
era una burda caricatura de los personajes del vecindario
que por su comportamiento habían merecido la burla
popular.
Pero además de darnos una referencia sobre
el carácter satírico y festivo de aquellas hogueras,
la palabra nos transporta en su sentido más poético
y anclada en su versión más antropológica,
al paso del oscuro a la luz y la renovación. Hoy existen
cientos de casales falleros que exponen igual numero de fallas
en las calles, un número que ha ido creciendo consi-derablemente
con el paso de los años, aunque ya en el siglo XVIII
se tienen noticias de que eran tantas las fallas que se plantaban
que un bando municipal prohibió por primera vez que
quemaran en lugares que no fueran las plazas o espacios abiertos
destinados a ese fin. Desde entonces la palabra se utiliza
generalmente en plural, fallas para designar a la que se ha
convertido en fiesta mayor de Valencia, se usa igualmente
para nombrar al conjunto de fallas-monumento así como
para hablar de
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la suma
de asociaciones o comisiones que se unen para organizar la fiesta.
Con el auge turístico y la proyección internacional
que se han dado a las fallas, la palabra así en plural,
ha transcendido a todas las lenguas del mundo, e incluso podemos
encontrarla en el diccionario de la lengua de la real academia
española. Podría decirse
que las fallas son una gran parodia de los acontecimientos que
vive la sociedad valenciana, en pocos años se convirtió
en la fiesta mayor. Instituciones como el círculo de
Bellas Artes mostraron gran interés en fomentar su desarrollo,
artistas plásticos se vieron atraídos por las
posibilidades expresivas de la tradición del rito del
fuego. Era una pequeña e inadvertida costumbre popular,
en la edad media los carpinteros tenían la costumbre
gremial de quemar una hoguera en honor a su patrón San
José, en la que arderían los restos de todo el
año, a finales del siglo XVIII se cogió la costumbre
de quemar ninots o figuras representando hábitos inconfesables
del momento o cualquier suceso grotesco que hubiera ocurrido
en el barrio.
Diferentes teorías explican hoy el origen
de las fallas, con un mayor o menor nivel de fiabilidad dependiendo
de las pruebas documentales que por otra parte son casi inexistentes.
Una de las teorías que explica el origen de las fallas
se remonta a principios del siglo XVII, en esta época
se trabajaba en los talleres de carpintería a la luz
de enormes candiles, durante las veladas invernales, pues los
momentos de luz natural duraban muy poco, ya que el sol se ponía
temprano. En la víspera de San José, las gentes
celebraban con alegría el fin de esas veladas de trabajo,
encendiendo grandes hogueras a las puertas de las carpinterías,
formadas de virutas y el estai o parót, que
era el sustentáculo de madera sobre el que los carpinteros
colocaban los candiles, para alumbrar las horas de trabajo nocturno.
Con el tiempo, junto al parót se quemaban esteras y trastos
viejos, a la vez que se improvisaban canciones, se tiraban tracas
y cohetes festejando la llegada de la primavera, y con ella
los días más largos.
En algún momento y quizás motivados
por algún tipo de rivalidad, a los carpinteros de algún
taller se les ocurrió vestir el parót
con un traje parecido al que llevaba la persona que, en aquel
momento, era la comidilla del barrio, y lo quemaron por San
José entre las risas de los valencianos. Este hecho bastó,
al inagotable ingenio valenciano, para convertir aquel improvisado
y humo-rístico acto en una costumbre popular que, desde
aquel momento año tras año, llevó a los
valencianos a convertir el parót en la caricatura del
personaje que se quería ridiculizar. |
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a
caricatura arraigó en el siglo XVII, cuando la deformidad
positiva de la imperfección del cuerpo, que representan
las imágenes del realismo grotesco, degenera en sátira.
Desde el punto de vista social, nos podemos encontrar según
épocas, con ciertos ninots tradicionales que aparecen
en la mayoría de los monumentos falleros, convir-tiéndose
en los protagonistas de estas inmóviles farsas teatrales.
Así, hasta 1900, la alta burguesía
quedará repre-sentada por figuras como el “lechuguino”,
personaje que, al tener la vida resuelta, no necesita del trabajo,
por lo que sólo le queda mostrar una excesiva preocupación
por su arreglo personal, y la “coenta”,
su equivalente femenino que quiere destacar por encima del resto
de la gente y se ayuda, para conseguirlo, de su artificiosa
y sofisticada indu-mentaria. La visión
de las clases populares de las fallas del siglo XIX se amolda
a la mentalidad de la pequeña burguesía que, recelosa
del estatus conseguido por la nueva burguesía comercial,
volverá sus ojos hacia el pueblo, realizando ninots representativos
de los oficios que desempeñaba la gente trabajadora.
Esta tendencia se puede apreciar en el siguiente hecho: desde
1934, de los ninots indultados, al menos 14 representan personajes
desempeñando esos oficios. Uno de los personajes más
característico es el “llauraor babau”,
campesino analfabeto que a menudo será engañado
por sus compatriotas ciudadanos. Pero el personaje más
célebre que ha surgido en el entorno fallero, heredero
de esta tradición de labradores incultos, fue el creado
en 1942 por el artista fallero Regino Mas.
Se trata de “El So Quelo”, el labrador
inculto enriquecido en tiempos de la posguerra gracias al mercado
negro.
Los datos documentales más fiables que prueban
la existencia de las fallas aparecen durante el siglo XIX. Vicente
Blasco Ibáñez opinaba que las fallas
eran una costumbre árabe transformada y mejorada a través
de los siglos hasta convertirse en caricatura audaz en protesta
de la plebe. Según Blasco Ibáñez los cristianos
imitaron la costumbre mora de las grandes hogueras y de ahí
nacieron las fallas que los carpinteros encendían en
San José, que más tarde la modernidad convertiría
en catafalcos artísticos. Otra teoría explica
que los ritos que el hombre dedicaba al fuego eran costumbres
paganas previas al cristianismo.
Las fallas pasaron a formar parte de la existencia
de los valencianos, una celebración que con el paso del
tiempo se convirtió en un compendio de vida en la calle,
que cada vez atraía más visitantes. En la actualidad
las fallas siguen reproduciendo algunos sucesos cómicos
y realizando, en clave de humor, una crítica social,
política y administrativa de lo acontecido durante el
último año en la vida pública de la ciudad.
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Bajo
la alegría de la fiesta se escondía la crítica
popular, fue en el primer tercio del siglo XX cuando las fallas
adquirieron la implantación y popularidad de la que gozan
actualmente. Las primeras fallas de las que se puede hablar
como tales ya contaban con argumentos que manifestaban una feroz
y burlesca crítica social o hacían gala de un
erotismo irreverente y desenfadado. Crítica y humor erótico
que se han mantenido hasta la actualidad. Desde
el principio de la existencia de las fallas, han estado en la
calle para representar la quema simbólica de lo que se
acababa, la algarabía popular se daba cita junto al fuego
arrimando trastos viejos, ninots o parots a la hoguera y se
encendía fuera de los talleres de carpinteros o fuera
de las casas, pero debido a la proliferación, la autoridad
impuso espacios concretos y delimitados en plazas públicas
y abiertas, intentando prevenir accidentes. Con el paso del
tiempo no se haría únicamente una limpieza física,
al desprenderse de lo viejo, estropeado o prescindible, -como
ocurría en sus orígenes- sino también una
purificación del alma, reflejando a través de
los ninots las miserias humanas, nuestros vicios y odios, todo
lo malo, con el objetivo de quemarlo. Ésta es la cara
más simbólica y ritual de las fallas, de carácter
improvisado, desmesurado y callejero, aunque en realidad todo
empieza un año antes.
Cualquiera de las más de 380 fallas existentes
muestran en las paredes de su casal premios, galardones y fotografías
de los ninots resurgidos de las cenizas, desaparecidos bajo
las llamas. Generación tras generación se transmite
el aliento que mantiene viva la falla, el gusto por estar juntos,
la armonía en la que podrá participar todo el
barrio, se produce un relevo en las fallas al tiempo que una
evolución. Falleros, artistas y artesanos han brindado
su aportación, el ingenio, gracia, diseño, color
y artesanía se dan cita en unos monumentos únicos,
rebosantes de vida que muestran la esencia misma de nuestra
sociedad valenciana.
En la actualidad las fallas han ido adquiriendo
monumentalidad, reforzando su carácter escultórico
y se han lanzado al atrevimiento constructivo. También
desde el principio las fallas cumplieron con la tarea de romper
con la normalidad cotidiana, de liberar los impulsos más
lúdicos del pueblo. Por todo ello, por lo que han sido
y son las fallas resulta innegable la importancia y el interés
de estas fiestas en el que la sociedad entera hace despliegue
de imaginación y creatividad en sus múltiples
matices.
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Diseño:
Rodrigo Núñez.
Bibliografía: Levante EMV. |
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